domingo, 13 de abril de 2014

Marina

  Descubrió bajo el mar algo que no había tenido en la superficie: calma. Mientras las algas se enredaban en su melena de oro al son de una música muda, ella se iba acomodando en el lugar donde sería eterna, donde reinaría sobre todo aquello que se movía bajo el agua. Ya nadie más podría herirla, ya no habría nadie que le restara importancia. Ahora ella era la reina, la reina del agua.
  Escapaban de su boca pequeñas burbujas de aire que hacían carreras hacia la superficie, donde morían sin que nadie supiese que abajo, en su nueva cama de arena, había una sirena triste.
  Marina la llamó su madre, y en la mar descansa sin que nadie la encuentre desde que decidió esconderse bajo el manto azul.
 Bella y etérea, pensó su alma mientras observaba los alrededores del castillo de rocas, irónica gracia la de permanecer por siempre joven.