lunes, 30 de diciembre de 2013

Irene

  No puedo evitar seguirla, no puedo evitar mirarla; se recoge el pelo detrás de la oreja derecha adornada con un colgante rojo, el que le regaló su padre por su decimotercer cumpleaños; hace ya unos tres o cuatro años, suspira, se rasca la cabeza con un bolígrafo azul mordido, típico, pasa las páginas del libro marrón, escribe en el cuaderno, suspira, cruza las piernas, mira la hora, repasa lo que ha escrito colocando el dedo debajo de las letras, ojea el libro marrón y la libreta alternativamente, se hace una cola, descruza las piernas, recoge sus cosas, se levanta...
  Recorre el pasillo con el libro marrón entre el pecho y el brazo izquierdo. En la mano derecha lleva una mochila negra donde antes metió sus cosas. Va en su mundo, hablando consigo misma caminando por el pasillo que se crea entre mesa y mesa. 
  Cuando está cerca de mí, deslizo mi pie por el suelo de la biblioteca y ella tropieza. Los cinco chicos que hay sentados a mi lado, mis amigos, se ríen. El libro marrón cae al suelo. Nadie la ayuda.
  ¿Por qué lo he hecho? Yo la estaba mirando y ella no me miraba a mí y entonces se ha levantado y yo… necesitaba su atención, creo que me odia. Me da igual, no la necesito, que se quede con sus estúpidos libros y siga con su indiferencia... Mentira, sí, la necesito. Y ella a mí.
  Murmuro un hosco “ahora vengo” y salgo de la biblioteca. Ella espera el autobús, abanicándose. Hace calor… sí, mucho. 
  - Irene- se gira lentamente - sólo quería decirte… que no quería… que me perdones.
  - Está bien.
  Me da la espalda otra vez. La cojo del hombro y le doy la vuelta de un tirón.
  - Escúchame, te he pedido perdón. 
  Me mira, ¿está asustada? ¿De mí?
  - Te he escuchado. Suéltame por favor. 
  Aunque el sol se va escondiendo yo cada vez tengo más calor, parece que no quiere hablar conmigo… después de todo lo que hemos pasado juntos. 
  - ¿No me echas de menos?
  - Suéltame, me haces daño.
  ¿Daño? ¿Yo? 
  -No te estoy haciendo daño, joder eres lo que más quiero, ¿cómo te iba a hacer daño? Pero te he hecho una pregunta. ¿Me respondes, por favor?
  De pronto me acuerdo de cuando me dejó, me siento igual que entonces y aprieto más fuerte su cuerpo.
  -  Javier, por favor, no empieces…
  - ¿Sólo eres capaz de decir eso? ¡He dicho que si me echas de menos, Irene!
  No me responde, ¿a qué espera? La suelto bruscamente y me voy. Esto no ha acabado aquí, ni mucho menos.
  Mientras camino de vuelta a la biblioteca me relajo y vuelvo a reírme con mis amigos, pero me ha fastidiado el día. Ella sabe lo que siento y decide estropearlo todo. Ella tiene la culpa.

***
  Sé que me está mirando, me incomoda. No puedo ir a ningún lado sin que me sigan él o alguno de sus colegas. Mi madre me pregunta por Javier todos los días, "es un niño encantador, no lo dejes escapar". Por favor, tengo diecinueve años, no me voy a casar con el primer chico que lleve a casa. Además, ya me he dado cuenta, no puedo seguir aguantando lo que he aguantado. Bueno, realmente han hecho que me dé cuenta. Cuando decidí romper con él mi hermana me dijo que me acordase de todo lo que me había hecho, que ahora lo veía todo muy claro pero luego podría ablandarme otra vez. Yo le aseguré que nunca volvería con Javier, pero a cambio ella no podía contárselo a nadie, en el fondo es un buen chico y eso dañaría su imagen. No quiero que me culpe por ello.
  Me levanto, no puedo seguir estudiando y decido que voy a pasar por su lado, pero sin mirarle, para que crea que no lo he visto pero que él vea perfectamente cómo me voy. Mala idea. De pronto estoy en el suelo. Recojo lo que se ha caído y lo miro desde abajo. Lo miro mal. Me viene a la mente  la de veces que lo he mirado desde esta perspectiva y me entra el miedo. Me levanto y me voy lo más rápido posible, con lágrimas que quieren salir. Cuando llego a la parada le mando un mensaje a mi hermana:
  Está aquí. Ven a la parada.
   Me abanico para despejarme, aunque tengo frío. Tengo miedo de que salga y me vuelva a perder los estribos. 
  - Irene- mierda. Se me pone toda la carne de gallina y me giro despacio, tratando de no hacer nada que lo moleste. - sólo quería decirte…, que no quería…, que me perdones.
  ¿Me está pidiendo perdón? ¿Por qué? ¿Por haberme hecho la zancadilla o por todo lo demás? Le miro. Se ve arrepentido... Pero no, no voy a caer otra vez.
  - Está bien.
  Me giro bruscamente. Mal Me da la vuelta.
  - Escúchame, te he pedido perdón.
  Su cara está tan cerca... Ahora me llega su olor, lo echaba de menos... la verdad. Quiero darle un beso. No, no quiero. Sigo sintiendo frío.
  - Te he escuchado-. Se está enfadando, noto la presión de sus manos en mis hombros. No siempre me hacía daño, realmente había veces que nos lo pasábamos bien-. Suéltame por favor.
  - ¿No me echas de menos?
  Sí, mucho, ya son dos meses sin ti. Pero no puedo decírtelo...
  - Suéltame, me haces daño
  -No te estoy haciendo daño, joder eres lo que más quiero, ¿cómo te iba a hacer daño? Pero te he hecho una pregunta. ¿Me respondes, por favor?
  Está apretando más. Me hace daño.
   -  Javier, por favor, no empieces…
   - ¿Sólo eres capaz de decir eso? ¡He dicho que si me echas de menos, Irene!
  Me está gritando, otra vez. Igual es cierto que todas las veces que me dijo que iba a cambiar no lo pretendía.

  Me suelta y se va. En cierto modo no quiero que se vaya porque quiero seguir cerca de él. Quiero ir detrás de él, me ha pedido perdón y yo no he hecho nada. Cuando voy a dar un paso, mi hermana pita y me saca de mi mundo, entro en el coche y me llevo mis ganas de verle conmigo. Quizá lo llame luego.

lunes, 16 de diciembre de 2013

De pronto te darás cuenta de que el mundo es injusto.

"Mirarás un día a tu alrededor y verás que no merece la pena, de repente te darás cuenta de que el mundo es injusto y probablemente acabes por escoger el camino de la resignación".

  La realidad se impone; el mundo da asco. Y, ¿qué hacemos cuando lo que existe no sacia nuestro apetito? Tratamos de rebelarnos de lo que creemos que no está bien, pues la realidad de la circunstancia es que el mundo no es coherente y pactamos con nosotros mismos que cambiaremos las cosas. ¡Ja! Qué fácil suena. Encuentras el problema justo en el momento que haces un balance y das contra un bloque enormemente influyente y poderoso de gente que maneja sin importar el bienestar de los "manejados", menudos lideres. ¿Es injusto que el pez grande siempre gane? Sí, pero, ¿qué podemos hacer? Si salimos a la calle se nos ignora, si nos revelamos se nos apalea. ¿Qué nos dejan hacer? Últimamente, se nota la impotencia al ver cómo nos van arrebatando derechos que no podrían, en teoría, ni tocar.
  Aunque para notar las cadenas, has de moverte, y siento decir que la mayor parte de mi generación está cómo aletargada, somnolienta, demasiado estática. No doy crédito al escuchar a gente que se preocupa más por lo que se chillan unos cuantos en un plató de televisión, en cuanto quiere una persona "x" a otra persona "z" que llevan contando su historia de amor durante capítulos y capítulos de estupideces y bobadas, en lo guapa que es esta muchacha y lo maleducado que es este otro, que les quite el sueño por la ignorancia sobre lo que va a ocurrir en la próxima entrega de ese programa "h", ..., antes que preocuparse lo más mínimo de lo que está pasando realmente ahí fuera.
  Por otro lado, tal vez no sea sólo nuestra culpa... porque puede que sepan como hacer para que nos quedemos quietos. Siguiendo el hilo de la televisión; nos dan dos opciones y normalmente escogemos la que nos lleva a la inopia. Pero si por un casual queremos enterarnos de lo que está pasando, tampoco nos dejan. ¿Frustrante? Sólo nos dan lo que ellos quieren para que la gran mayoría se quede inmóvil y a los pocos que alcen la voz, llamadlos locos, revolucionarios, payásos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Ciento once mil doscientos trece.

  Y al final, el cese del sonido de un cascabel amarrado a un cuellecito peludo.
  Decían que el 11-12-13 iba a ser un día que no se repetiría en mucho tiempo, que era casi mágico; la fecha que sumaba uno. Podía pasar cualquier cosa. ¿Lo disfrutó ella?
  No tengo el conocimiento para saber si mereció la pena, todo el camino que recorrimos desde el parque, el tiempo que pasaste entre las cuatro paredes de mi cuarto demandando atención mientras yo escribía. 
No puedo mandarte un beso, ni despedirme de ti. Sólo puedo decir que eras muy pequeña, voy a echarte de menos.

  ¿Qué pasa cuando la música deja de sonar? ¿Acaba la canción?