jueves, 21 de noviembre de 2013

Como tontas gallinas sin cabeza.

  Es impresionante como gastamos el tiempo haciendo nada. Sólo damos vueltas entre risas y comentarios, como tontas gallinas sin cabeza, no sabemos donde vamos... y no vamos a ningún sitio.

domingo, 3 de noviembre de 2013




Como un ángel, despliega tus alas.

Mira hacia arriba y vuela.
Siente el viento, juega con tu pelo.
Otea el horizonte.
Observa cómo todo se va haciendo más pequeño y tu cuerpo, etéreo.
Sube arriba, arriba, más alto.
Despréndete del mundo, di adiós, no vas a volver.


Como un ángel, piérdete en la inmensidad del cielo.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Cuando me dices que me amas.

  Lo pronuncias y el dolor me aprieta el estómago y recorre cada uno de mis terminaciones nerviosas. Tenias que decirlo… ni siquiera creo que lo notes, lo que me haces. No me prestas atención.
  Paras de hablar, mano alzada. Quieto, jadeante, rojo de rabia. No sé qué te ha pasado. ¿Qué te he hecho yo? Quererte más que a nada, más que a nadie. 
  Vuelve a empezar este círculo sin fin. Parece que no has entendido que si después me dices que me quieres no basta. Que no tiene por qué haber un después.  Ni un antes. ¿No te son suficientes mis lágrimas para parar? Un día de estos cuando me falte el aire, dejaré de respirar y volaré hacia un mundo donde este amor, tu "amor", no sea una ilusión óptica.  Pero, ¿cómo doy el primer paso? A veces se me pasa por la cabeza. Yo te quiero, te amo más que a nada. No hay remedio para mí, al parecer.
  Te repito que te quiero, me pregunto si todavía sientes lo mismo por mí porque por tu culpa mi piel ya no es blanca; hay zonas amarillas, moradas, verdes...  Es doloroso mirarme al espejo después de cualquiera de nuestras discusiones, en las cuales hablas y gritas y... pero como siempre me recuerdas: ¿qué va a ser de mí sin ti?

  Todavía no has terminado. Sigues gritando y no sé, prefiero cerrar los ojos y que esto acabe ya. Quiero pasar a la parte en la que me abrazas, me pides perdón, me limpias la sangre, me dices que me amas, que no volverá a pasar.

El príncipe encantador no va a venir.

 
- Aún recuerdo la primera vez que la vi.

- ¿Que viste a quién?
- Que la vi a ella.
- ¿A ella? Cuéntame.
- Era una muchacha alta, delgada...
... Tenía el pelo largo, rizado y rubio, suelto caía hasta su cintura. Yo volvía a mi casa a altas horas de la madrugada, ella estaba en la playa con los bazos estirados a lo ancho, botella en mano, gritando al cielo "¿Amor? ¿Qué es el amor? ¡No es nada! ¡Una palabra!"  Inclinó la botella y pegó un trago. " ... Un príncipe ¡Ha! ¿Quién necesita un príncipe?" Comenzó a girar, riendo con fuerza hasta que cayó al suelo. El líquido que contenía la botella se derramó en la arena. Ella se hizo un ovillo y yo la observé en la oscuridad durante un rato.
 >> Me acerqué, no sé por qué, tanto que podía oler su perfume agrio y me la quedé mirando. Fui a ayudarla. Recuerdo que me miró como si no me viese, tenía cara de... no lo sé, me embrujó. Le tendí mi mano, la cogió y tiró con fuerza, no supe muy bien que pretendía. Caí a la arena con ella, que se levantó y me dejó ahí tirado. Andaba a trompicones y al poco cayó de nuevo. Yo no tuve otra idea que ir detrás suya, necesitaba saber quién era, qué hacía en medio de la nada una chica como aquella, sola. Cuando estuve a su lado, ella  estaba acurrucada con la cabeza entre las rodillas. ¿Estaba llorando? Le puse una mano en el hombro y ella lo sacudió. “No va a venir, ¿verdad?" dijo, "¿quién?" Le dije. "No sabes cuánto le he estado esperando." respondió mirándome por segunda vez, estaba llorando.
-¿Qué le pasaba?
-Nunca me lo dijo.
-¿Entonces qué pasó luego?
-Ella se convirtió en mi rareza particular durante mucho tiempo. Luego desapareció sin más, no me había estado esperando a mí, me contaron que la habían visto con una botella en la playa, llorando por desamor.


Se esfumó en la niebla.

 Pablo abre la puerta, a su izquierda ve invitaciones que todavía no se decidieron a mandar. Las rompe todas en un arrebato de ira. Allí parado se toma un respiro del exterior, acaba de llegar a su casa. Va hacia el sofá.
  "Cariño, ¿quieres un café?" Habría dicho ella, asomando la cabeza desde la cocina, con esa voz tan dulce que le ponía los pelos de punta; por el puro placer de saber que le hablaba a él, que pensaba en él, que vivía con él, que no había elegido a ningún otro.
  - Pero ya no importa, ¿verdad?
  Últimamente habla sólo con su conciencia. Siempre se había reído de ella por mantener conversaciones interminables con objetos inanimados, y ahora era él quien hablaba solo. Igual que aquella vez cuando el mando de la tele no funcionaba y ella le preguntaba qué le pasaba, si necesitaba pilas nuevas o simplemente tenía un día de bajón; él cogió el mando y le cambio las pilas: "no te va a responder" "¿Cómo lo sabes si nunca le has dado la oportunidad?".
   Pablo se vio solo cuando le llamaron, y se ve solo ahora. Sentado en el sofá que ella había elegido, en una casa donde todo le recuerda a ella. 
  Lidia era todo color, un torbellino; se pasaba el día de arriba para abajo. Él se molestaba a veces, siempre con excusas tontas "estoy cansado, siéntate a ver la tele, duérmete ya, deja de enredar".
  La echa de menos. Mucho. Más de lo que se nadie pueda imaginar, ni él mismo. Sólo hace una semana de la llamada, una semana eterna sin ella.
  - ¡Ya no importa, no está!
   La impotencia es lo que le está matando, ¿cómo va a vivir ahora que…? ¿Cuándo se fue? No desapareció sin más. Tantas personas no pueden desaparecer sin más, sin rastro, sin pistas.
   Tendría que haberla cuidado, haber ido al parque, al cine, a las galerías de arte que tanto le gustaban... Ahora se siente como si todo lo hubiese hecho ella, como si él no hubiese hecho más que estorbar.
   Lidia hacía el desayuno, iba a trabajar al estudio, volvía, comía, ordenaba, después al estudio otra vez y cuando terminaba, regresaba a casa para estar con él. Había días en los que tenía la cara dura de mosquearse por cosas sin importancia, como aquella vez que dejaron de hablarse durante una semana porque él entendió tal cosa y ella dijo tal otra...
  Después de un rato en silencio, recuerda lo que le pasó el día en el que le dieron la noticia. Recuerda que estaba sentado en el mismo lugar y el teléfono sonó. Era Laura, una de las amigas comunes entre ambos, que no la acompañaba porque estaba enferma, dijo que el avión dónde iban las chicas de la despedida de soltera no había llegado a puerto. Que nadie sabía dónde estaba.
  Esa noche, no pudo dormir. Ni la siguiente. 
  - Me estoy volviendo loco. Ojalá pudieras darme alguna señal de que estás bien, donde quiera que estés…
   Nadie contestó. Pero esa misma noche, mientras cenaba y repetía para sus adentros lo que podría haber hecho mejor, una voz hizo que se tirase la sopa encima.
- Ahora sirve de poco, amigo. Deja de lamentarte. No voy a volver. No hay rastro de mí por ninguna parte. Lo sabes, tienes miedo de admitir que... no existe tu final feliz. 
   Los pelos se le erizaron, casi había olvidado cómo sonaba su voz. Se giró y vio a Lidia apoyada en el marco de la puerta, encendiendo un cigarrillo, con su vestido vede favorito y una chaqueta blanca. Pablo sabía que en la espalda podía leerse “Casi estoy casada, cuidado conmigo” Iba exactamente como cuando la dejó en el aeropuerto y le dio el último beso.
- Es imposible, tú no puedes estar aquí.
  Lidia acortó lentamente la distancia que había entre ellos y susurró: “¿De verdad quieres que me vaya? ¿De verdad quieres volver a estar solo?”
   Desde ese día, Pablo desea que le digan que su Lidia está bien, a salvo. No quiere seguir solo. No sabe si puede seguir solo.
  Todos los días se pregunta dónde se ha ido. No se la ha podido tragar una nube.
  Tocan a la puerta sacándole de su ensoñación, volviendo al presente, se levanta y abre. Es Laura. Ella lo abraza y lo mira a los ojos. Luego, comienza a llorar.

  Se acabó la esperanza.